Democracia Informacional, todos sabemos lo mismo
En el progresivo cambio de la vida política contemporánea, es casi una obviedad el poder de influencia de los medios de comunicación y el sometimiento de la política a sus tanto virtuosas como perjudiciales condiciones.
En relación a este fenómeno, el sociólogo Manuel Castells habló de la personalización como uno de los más destacados síntomas de la simplificación a la que está siendo sometida la política actual. Profundizando en este aspecto, es fácil reconocer cómo de manera paralela, no sólo el sistema multipartidista se bipolariza bajo la rivalidad de dos partidos políticos mayoritarios, sino que los propios partidos, o al menos su vida pública, se está viendo reducida a la imagen de su candidato como icono referencial.
Cada vez importa menos cuales son las listas candidatas y los expedientes de sus miembros; la atención se centra ahora en el estilo, carisma y poder de liderazgo de los principales candidatos de cada opción.
Ante esta realidad, considero tan insensato depositar el gobierno de un país en las manos de una sola persona como ingenuo confiar en que esta misma pueda llevar adelante tan soberbio objetivo. Pero ya lo señalaba Castells, “con pocos criterios ideológico – políticos diferenciadores y con los gobiernos limitados en su campo de acción, los ciudadanos (...) se movilizan en torno a personalidades atractivas y fiables por encima de cualquier otro juicio político.”
Consecuentemente, no es de extrañar la mutua dependencia entre el candidato, ávido de espacios a través de los cuales darse a conocer a la población, y el mundo de la imagen, deudor de símbolos y señales capaces de aglutinar y reflejar aquellos significados que tan sólo pueden ser descritos a través de las palabras.
La imagen, con la televisión como principal medio de difusión, es hoy en día uno de los pilares fundamentales de la vida política y pocas cosas son tan valoradas como la oportuna instantánea en la inauguración de rutina o el momento álgido del mitin en un tradicional feudo del partido. Pero en la televisión el monopolio de la imagen no deja lugar al debate y a la reflexión y es en este punto donde la política contemporánea patina a favor de lo primero. No importa a qué canal dirijamos nuestra atención, allá donde miremos las imágenes serán prácticamente las mismas y los titulares variarán tan sólo en el enfoque; la agenda del día decidirá por nosotros qué imágenes son las que hay que ver y nuestra interpretación de la política no será otra que la misma de un consumidor frente a un buen escaparate de moda.
Ante la desbordante circulación de información visual, estoy de acuerdo con Castells en destacar el valor de las nuevas redes de información y su poder para hacer “circular masivamente las opiniones individuales” y “generar otra cultura política y otro proceso democrático.”
Internet se presenta como el único medio de comunicación contemporáneo que alberga la auténtica libertad de información sin censuras ni cortapisas; pero no hay que darse a engaño, ni el ordenador tiene el poder de convocatoria que la televisión ostenta ni las nuevas redes de información son totalmente ajenas al poder centralizador de unos cuantos.
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22 Octubre 2009 | 09:19 AM