Joaquín Urías señalaba unos años atrás que

“los problemas actuales de la libertad de información derivados de la configuración política y jurídica de la sociedad, (...) son toda una problemática que determina las posibilidades de realización de este derecho fundamental.”

Con este idea y siguiendo la línea de los artículos de Xavier Roig, sobre las modernas técnicas electorales, y Manuel Castells, sobre la centralización de la información política, me centro ahora en Fermín Bouza y su análisis de la comunicación política pública.

Tal vez sea un tanto redundante volver a ahondar en la “intersección entre medios de masas y actividad política,” concretamente la televisión, pero Bouza añade más datos de interés al asunto señalando que

“se está produciendo un cambio que algunos consideran sencillamente inevitable, otros preocupante y algunos, democráticamente insoportable.”

Al fin y al cabo, es lo que este mismo autor ha dado en llamar “la política al servicio de la comunicación de masas.”

Siendo coherente con mi línea de opinión, no puedo menos que estar de acuerdo con la opinión de Bouza y sumarme a la preocupación que para muchos supone la simplificación y sometimiento del discurso político a los a los entresijos audiovisuales y empresariales del mundo de la comunicación y viceversa.

Castells ya señaló la necesidad de imágenes cada vez más personalizadas y más impactantes decisivas en la obtención y mantenimiento del poder pero Bouza añade el matiz de la “comunicación partidaria” y “el control social de los medios.”

Era algo inevitable pero no por ello menos alarmante que la globalización económica haya provocado la consecuente concentración de medios de comunicación y el sometimiento de los mismos a los intereses políticos. La información sesgada en tiempos de campaña electoral, la confusión entre información y publicidad, las informaciones interesadas económicamente, los sistemas de autocontrol como eufemismo de una censura autoimpuesta, la legitimación mediática del poder político o la
devaluación del papel del periodista a una mera representación testimonial dan prueba de esta triste realidad.

De igual manera, todo partido político debe en gran parte sus victorias a aquellos medios de comunicación que le han servido
de plataforma de difusión en los momentos claves (así por ejemplo, no deja de sorprender la polémica que suscitó la aprobación y correspondiente reparto de las nuevas cadenas de televisión en abierto Cuatro y La Sexta). Todo ello en evidente detrimento de la libertad, calidad y fiabilidad de una “información interesada” movilizada antes por los intereses comerciales
(incluido el político) que por el interés público.

Ninguna persona ejemplifica mejor tal fenómeno de simbiosis que Silvio Berlusconi el cual, fue capaz de ocupar en dos ocasiones la presidencia de la República de Italia siendo uno de los principales magnates del mundo de la comunicación.

Bouza definió muy claramente lo políticamente correcto como “la presión normativa de la comunicación autoritaria.”

Por mi parte, y contra lo políticamente correcto, sigo apoyando
la descentralización de la información defendida por Castells y, manteniendo mi escepticismo, abogo por los medios y mecanismos de contrainformación y por Internet como única alternativa al control político de la información que actualmente impera en nuestra sociedad.