En las últimas elecciones españolas, el Observatorio de Medios UIA publicaba el artículo La prensa destaca el afianzamiento del bipartidismo, una reflexión sobre el resultado de las elecciones de Marzo de 2008 apoyada en los titulares de los periódicos más destacados del país.

Este titular venía a refutar la teoría planteada en el post Nuestro sistema bipartidista... ¿o no?, según el cual el auge de los partidos nacionalistas los estaba convirtiendo en la clave de muchos gobiernos de coalición y abría la puerta a un nuevo horizonte contrario al progresivo bipartidismo.

Ciertamente las elecciones de 2008 han sido sorprendentes en muchos aspectos pero han evidenciado el perjuicio que a largo plazo sufren los partidos minoritarios en los gobiernos de coalición.

El mejor ejemplo de esta teoría es Esquerra Republicana de Catalunya, partido que pasó de 206.255 votos en las elecciones del año 2000 a 652.196 en las elecciones del 2004, todo un progreso que lo convirtió en una de las piezas fundamentales del acceso del PSOE al gobierno español. Hasta entonces, nadie podía imaginar que cuatro años después ERC redujera su número de votos hasta los 298.139.

Descalabro similar sufrió Izquierda Unida, que bajo la misma alianza, perdió 314.210 votos en el periodo 2004-2008.

Es evidente que los partidos minoritarios pagan un alto precio por llegar al gobierno. La cada vez más remota pervivencia del sistema político multipartidista se ve cercenada por la presión de un “establishment” político y mediático que aboga por la inestabilidad de los gobiernos de coalición, pone en la picota al partido menor y lo erige en responsable de todas las polémicas y vicisitudes por las que pasa cualquier gobierno. Además, existe un amplio rechazo a los pactos de gobierno entre partidos, basado principalmente en los argumentos de ultraje a la voluntad mayoritaria del electorado y garantía de crisis e inestabilidad gubernamental.

Visto el panorama, cada vez son menos los electores que ven en los gobiernos de coalición la oportunidad de que el partido mayoritario esté sometido a la réplica de los demás y que las decisiones partan siempre del consenso. Dicho de otro modo, que la ausencia de mayorías absolutas impida al partido mayoritario tomar decisiones arbitrarias y aplicar mandatos despóticos.