10 Junio 2006
Manuel Castells reflexiona en su artículo El Poder de la Identidad sobre los sentimientos de pertenencia e identidad que hoy en día coexisten y sobreviven al supuesto poder uniformador de la globalización cultural, señalando que
el poder de la identidad no desaparece en la era de la información, sino que se refuerza.
Un buen ejemplo de tal hecho es la convivencia que históricamente existe entre diferentes identidades, culturas e, incluso, nacionalidades históricas dentro del Estado español.
Este asunto es sin duda polémico pues la convivencia a la que me refiero, ha sido muchas veces tachada de conflictiva e impuesta por unos a otros.

Refiriéndome a nuestro país, apoyo la “multidentidad” existente y defiendo el derecho de cada cual a expresarse lingüística o vitalmente en la manera que ha sido educado y autoindependizarse si tal es el deseo de la mayoría poblacional con la que convive.
Para Castells los datos lo dicen todo:
en nuestro país la conciencia regional / local como identidad primaria es expresada por un 64% de la población, en contraste con tan sólo un 23% que prioriza la identidad del Estado – nación y un 13% que se identifica con el mundo en general.
Más allá de los datos, el asunto es muy complejo y, a su vez, de un calado más profundo que el que pretenden muchos ofrecer de simple disputa de intereses.
La vida política y social está llena de complicaciones que día a día minan la imagen tan deseada de una convivencia plenamente pacífica. Una cuestión social que, dependiendo exclusivamente del pueblo, ha sido convertida en una disputa llena de intereses políticos y ánimos exaltados. De esta manera, la convivencia entre diferentes identidades viene siendo un asunto delicado en el que muchos han perdido plenamente los papeles. Así para Manuel Castells
cuando las fuentes de negociación de la identidad resurgen, (...) las identidades se revuelven (...) y se transforman en fundamentalismo.
Ante la amenaza de una globalización europea común y la legítima entrada de diferentes grupos raciales, culturales y religiosos de inmigración, resurge el miedo a la pérdida de la identidad original y la necesidad creciente de una defensa del endogrupo que puede rallar la xenofobia.
Sin afán de defender o justificar posturas radicales, sigo la línea de Castells de una España identitariamente plural y fundida en una Europa multiétnica y confío en la preservación de la identidad individual de todos los colectivos sociales, partiendo del respeto mutuo y la tolerancia como principios fundamentales de convivencia e integración.
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5 Junio 2006
Muchos consideran que el fin de la comunicación es la acción de la no acción, es decir, la acción en el interior de un círculo preestablecido.
Siguiendo con esta línea argumental, Argullol y Trías, consideran nuestra cultura actual un subproducto de la civilización tecnológica, masificada y consumista en la que el “bárbaro civilizado” posee ya de antemano un repertorio de respuestas preparadas, carece de actividad cognoscitiva y raramente lleva a cabo una acción decidida.
La sociedad, hacinada por mediadores sociales, tiende a generar una sensación general de impotencia, hastío, desánimo y frustración en quienes desearían responder. Así se ha acabado creando una subcultura tiranizada por los M.C.M., la propaganda comercial y la política.
Como decía Schiller, el objetivo final de la actividad de los M.C.M. es la pasividad.
Y yo me pregunto: ¿hasta qué punto somos conscientes de que esto ocurre de tal manera?...
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4 Mayo 2006
Podríamos aceptarlo, rendirnos a lo evidente, asumir que ahora tan sólo dos partidos políticos mayoritarios se intercambian el gobierno en función de las circunstancias.
Si nos retrotraemos en el tiempo, la desaparición de partidos políticos tan relevantes como la UCD o el CDS y la progresiva pérdida de votos en partidos como IU, avalan esta teoría y demuestran la tendencia por la cual España ha transformado su inicial sistema multipartidista en uno bipartidista.
Si prevaleciera tan sólo esta perspectiva, nos sería muy fácil pronosticar que el siguiente cambio político tendrá lugar cuando el actual gobierno entre en crisis, momento en el cual el PP relegará al PSOE del gobierno.
Sin embargo, es otra realidad más compleja y, en cierto modo, más interesante, la que actualmente existe en la política española.
Mientras que el PP y el PSOE están consolidados en sus puestos de “catch-all” de ámbito nacional, el número de partidos autonómicos con capacidad de opinión e influencia está aumentando a lo largo de toda la geografía española, siendo éstos en muchas ocasiones la llave acceso a gobiernos de coalición.
Mientras que en el pasado tan sólo destacaban CIU y el PNV, actualmente disfrutan de gran salud y relevancia política formaciones como el Partido Aragonés Regionalista, el Bloque Nacionalista Gallego, la Coalición Canaria o Ezquerra Republicana de Catalunya.
Todos estos partidos suman nuevos votos legislatura tras legislatura y la posibilidad de que su poder de acción trascienda los límites geográficos de la región a la que pertenecen, dan señal de un futuro no tan incierto como muchos se empeñan en vaticinar pero sí complejo y abierto a múltiples posibilidades.
Analizando las elecciones de nuestros últimos 30 años de nueva democracia, aumenta la apreciación de la complejidad que conlleva el sistema electoral y del poco lugar que ocupa el azar en el sofisticado entramado de partidos, votos y electores que componen la política.
Por ello, si de una previsión se tratara, tan sólo podríamos vaticinar que las próximas elecciones están abiertas a un futuro sobre todo, desconocido y, por qué no, esperanzador.
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12 Enero 2006
La tarea de directriz cultural que ejercía el sistema educativo de enseñanza, ha sido sustituido por las nuevas funciones ideológicas que realizan los aparatos de difusión de masas y las nuevas tecnologías de la comunicación.
Según Vicente Romano, el mundo interior del sujeto cada día está más dominado por la industria de la comunicación masiva. La comunicación, se ha convertido pues, en un sector estratégico en el plano político, cultural y económico.
La comunicación no juzga aquello que no atente contra su sistema socioeconómico basamental. Se limita, por tanto, a consolidarlo y a mercantilizarlo.
La población, previamente educada por medio de la transmisión ideológica comunicativa, posee la característica esencial de carecer de factores que le permitan poder opinar sobre una base en la que preexistan diversas interpretaciones de un mismo acontecimiento.
La opinión pública se halla así condicionada por una actividad informativa unidireccional, de manera que los sondeos no reflejan una simple opinión cognoscitiva sobre un tema sino una actividad de feedback ante una prueba de eficacia en lo que a labor persuasiva de los media se refiere.
Con esto, se podría decir de manera pesimista que el fin de la comunicación es la acción de la no acción...
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8 Noviembre 2005

Ayer tuvo lugar la primera emisión de la nueva cadena generalista Cuatro, tras un largo y comprometido debate sobre la idoneidad de dar cabida a una nueva compentencia dentro del cerrado mercado de las privadas.
Todos aquellos cuyos intereses estén en contraposición a los de esta nueva cadena, dirán por mucho tiempo que el nuevo proyecto televisivo del Grupo Prisa viene a ser un despropósito sin rentabilidad, un engendro de la competencia desleal y toda una violación de los pactos previos establecidos.
Entiendo que a nadie le agrada tener que repartir el pastel publicitario entre uno o dos nuevos adheridos pero la entrada de nuevos competidores no hace más que agilizar las tan atrofiadas rejillas, obligar a dinamizar los contenidos y someter a juicio comparativo la lamentable oferta que impera hoy en día en las televisiones generalistas.
Qué menos, por tanto, que desear larga vida a Cuatro y esperar con los brazos abiertos a todo aquel nuevo proyecto que a medio plazo se asome a nuestros televisores.
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4 Noviembre 2005
Llega a mi correo electrónico un e-mail “en cadena” acerca de La Caixa y ese terror que intenta transmitir de "oh cuidado, una empresa aspira a seguir creciendo y, lo peor, ¡es catalana!"...

Si yo fuera catalán no sólo me molestarían correos como este, además los mismos me incitarían a votar con más coraje a ERC, no por un afán independentista sino por el rechazo a todos aquellos discursos que más allá de la crítica política ocultan un absurdo miedo a todo lo catalán y un inconsciente complejo de inferioridad.
Me gustaría saber porqué el crecimiento nacional de una empresa catalana debe suponer una amenaza superior al crecimiento de cualquier otra empresa española. Animo a la persona que perdió el tiempo haciendo ese correo a que dedique su tiempo libre a escribir sobre la amenaza madrileña de el Grupo de Empresas de El Corte Inglés, la amenaza gallega de Inditex, la amenaza vasca del BBVA o la amenaza andaluza de Abengoa sobre el resto del territorio nacional. No tiene sentido...
Observo que lamentables expresiones con intereses exclusivamente políticos como "España está en riesgo de balcanización" llegan a calar hondo en la sociedad más profana y dan por fruto correos zafios que, más allá de la crítica constructiva, sólo alimentan el miedo, la confrontación y la falsedad.
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7 Octubre 2005
En el progresivo cambio de la vida política contemporánea, es casi una obviedad el poder de influencia de los medios de comunicación y el sometimiento de la política a sus tanto virtuosas como perjudiciales condiciones.
En relación a este fenómeno, el sociólogo Manuel Castells habló de la personalización como uno de los más destacados síntomas de la simplificación a la que está siendo sometida la política actual. Profundizando en este aspecto, es fácil reconocer cómo de manera paralela, no sólo el sistema multipartidista se bipolariza bajo la rivalidad de dos partidos políticos mayoritarios, sino que los propios partidos, o al menos su vida pública, se está viendo reducida a la imagen de su candidato como icono referencial.
Cada vez importa menos cuales son las listas candidatas y los expedientes de sus miembros; la atención se centra ahora en el estilo, carisma y poder de liderazgo de los principales candidatos de cada opción.
Ante esta realidad, considero tan insensato depositar el gobierno de un país en las manos de una sola persona como ingenuo confiar en que esta misma pueda llevar adelante tan soberbio objetivo. Pero ya lo señalaba Castells, “con pocos criterios ideológico – políticos diferenciadores y con los gobiernos limitados en su campo de acción, los ciudadanos (...) se movilizan en torno a personalidades atractivas y fiables por encima de cualquier otro juicio político.”
Consecuentemente, no es de extrañar la mutua dependencia entre el candidato, ávido de espacios a través de los cuales darse a conocer a la población, y el mundo de la imagen, deudor de símbolos y señales capaces de aglutinar y reflejar aquellos significados que tan sólo pueden ser descritos a través de las palabras.
La imagen, con la televisión como principal medio de difusión, es hoy en día uno de los pilares fundamentales de la vida política y pocas cosas son tan valoradas como la oportuna instantánea en la inauguración de rutina o el momento álgido del mitin en un tradicional feudo del partido. Pero en la televisión el monopolio de la imagen no deja lugar al debate y a la reflexión y es en este punto donde la política contemporánea patina a favor de lo primero. No importa a qué canal dirijamos nuestra atención, allá donde miremos las imágenes serán prácticamente las mismas y los titulares variarán tan sólo en el enfoque; la agenda del día decidirá por nosotros qué imágenes son las que hay que ver y nuestra interpretación de la política no será otra que la misma de un consumidor frente a un buen escaparate de moda.
Ante la desbordante circulación de información visual, estoy de acuerdo con Castells en destacar el valor de las nuevas redes de información y su poder para hacer “circular masivamente las opiniones individuales” y “generar otra cultura política y otro proceso democrático.”
Internet se presenta como el único medio de comunicación contemporáneo que alberga la auténtica libertad de información sin censuras ni cortapisas; pero no hay que darse a engaño, ni el ordenador tiene el poder de convocatoria que la televisión ostenta ni las nuevas redes de información son totalmente ajenas al poder centralizador de unos cuantos.
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24 Septiembre 2005
Como simple elector, no soy una persona que a la hora de votar se deje llevar por las campañas electorales, por lo que dicen los políticos desde las tribunas de sus mítines o por la imagen que se vende de las masas apoyando a los candidatos con banderas y comparsas de escaparate.
Sin embargo, sí soy un gran interesado en el marketing político y en el valor que adquieren detalles tan explícitos y con un mensaje subliminal tan amplio como son la vestimenta, el gesto, la fotografía o el decorado.

Xavier Roig, como buen experto en campañas electorales, parece estar también muy interesado en estos asuntos y defiende la postura optimista de las técnicas electorales modernas como “un nuevo instrumento para la movilización política de los ciudadanos (...) y como un reto intelectual para los candidatos.”
Estoy totalmente de acuerdo con Roig en el hecho de que no hay otra manera de vender un producto que haciendo uso de técnicas desarrolladas para tal fin y deduzco de ello que, en la era de la imagen, las apariencias valen más que los contenidos.
Precisamente por este motivo, albergo también la duda de los socialistas europeos según la cual, la tecnificación y profesionalización del mensaje “podría ser visto como una simplificación excesiva y una cierta banalización del debate político.”
Roig se centra en dos aspectos fundamentales de la campaña: el mensaje (“formulación coherente de las ideas, propuestas, sentimientos o valores que sintetizan la propuesta electoral propia”) y el contraste (“que ha de conducir al elector a la identificación de las alternativas con claridad y a la opción por una de ellas, claramente distinta de la otra”).
Sin duda esta es la realidad y tal vez no haya otra manera para llegar a un amplio número de personas que a través de la concisión y el eslogan atractivo.
Sin embargo, esta realidad no se deja de asemejar a la venta de productos de consumo masivo que no son tan exitosos por su calidad intrínseca como por el buen planteamiento de la campaña comercial sobre la que se sustentan. No tengo ningún problema en aceptar este hecho y darlo por válido pues al fin y al cabo el cliente es el que elige y en caso de quedar insatisfecho no repite tal elección; pero la política va mucho más allá de su semejanza al producto de consumo de turno y sus efectos son de una relevancia e intensidad críticas para cualquier país. El electorado no se puede decantar por un partido político en función de sus apariencias y estrategias electorales ni los partidos políticos pueden simplificar su discurso a semejantes términos, ocultando un entramado ideológico y un programa político considerados demasiado enrevesados y espinosos para servir de estandarte electoral.
Hoy en día, los partidos políticos mayoritarios están vendidos a los intereses electorales y son los minoritarios, precisamente los tildados de radicales, los que con campañas menores aún conservan su fidelidad a la coherencia entre teoría y práctica.
Entre unos y otros, entre la rendición a la imagen y la fidelidad al contenido, yo también tengo una visión optimista del asunto: por un lado, el uso del mensaje y el contraste como una herramienta electoral más y, por el otro, la construcción sobre discursos serios y profundos de campañas abiertas al debate público y a la participación de la sociedad como un miembro activo e inteligente de la política, y no como un número indefinido de votos fácil de manipular.
Nadie está a salvo de los avances en técnicas electorales y no queda más remedio que adaptarse a la nuevas circunstancias. No obstante, según Roig un militante del SPD dijo “realmente la gente no se entera hasta que repites una cosa trescientas veces” y yo tan sólo espero que no sea suficiente repetir una mentira trescientas veces para que la gente la tome por verdad.
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